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Un loop fragmentario e infinito

¿Tiene forma, la violencia? En ese caso, ¿es posible representarla? ¿Se trata de una estrategia premeditada, de un impulso obsesivo o de una reacción improvisada? Por otro lado, ¿cómo se reacciona ante la violencia? ¿Se puede reflexionar ante el dolor, propio y ajeno? Parafraseando a Theodor Adorno, ¿Puede haber poesía después de Auschwitz?

Antes de entrar al parque, mientras bordeamos la reja perimetral que lleva a la entrada, vemos una gran impresión fotográfica, en un soporte de tela plástica, como el que se usa para carteles publicitarios. En este caso, está ubicada a la altura de la vista, que debería colarse por entre las rejas para ver el agua marrón del Río de la Plata. Graciela Sacco entreveró entre esos postes metálicos, aprovechando la flexibilidad del material, una gran fotografía en blanco y negro del agua, la misma que deberíamos ver en vivo y en directo.

De Buenos Aires suele decirse que es una ciudad que da la espalda a su río, que contiene un agua peligrosamente contaminada, y también que es difícil de acceder por la red de autopistas, el Aeroparque Jorge Newbery y el parque temático Ciudad Santa, para mencionar sólo algunos ejemplos de grandes predios que se interponen entre la ciudad y su línea de costa, impidiendo el paso. Ya en el Parque de la Memoria, habiendo sorteado los obstáculos para llegar a la Costanera, nos encontramos ante una foto, impresa en material impermeable, de lo que deberíamos poder ver. La operación señala, desde antes de entrar, que el agua y el río quedarán en el lugar de lo visible, pero inalcanzable, de la ficción y de la reflexión. Señala la distancia que existe entre el agua como elemento y su doble perceptual, su representación, los significados que puede evocar en el observador. Y que habrá que atravesar un límite para poder acceder.

Cualquier salida puede ser un encierro. Así nombra la artista a la imagen fragmentada del río, ahora impresa sobre palos de madera que se apoyan contra la pared del fondo en el interior de la sala. La imagen del agua cortada y hundida parcialmente en tierra predomina desde atrás y se enfrenta al río, que queda a nuestras espaldas al entrar, y de repente aparece ante nuestra vista como reflejada en un espejo fragmentado. “La suma de palos con la imagen impresa remite también a la inscripción en el presente de hechos del pasado; es una forma concreta de representar la memoria de esos hechos que se recuerdan con mayor o menor exactitud o sujetos a distintas formas de distorsión,” observa Andrea Giunta desde el texto curatorial. Y la paradoja que señala el nombre se replica otra vez. El agua como fuente infinita de la vida, pero también como cementerio de las víctimas que fueron arrojadas desde aviones al río.

En ámbitos menos simbólicos, las varillas de madera suelen utilizarse para demarcar un terreno y bloquear la vista hacia el exterior. Siempre es posible, sin embargo, acercarse a mirar entre los intersticios que quedan entre los bloques. Así dispuso Graciela Sacco los bordes de Entre blanco y negro, la video-instalación que ocupa más de la mitad del espacio de la sala. Sin una puerta para entrar o salir, como otro continuo fragmentado, las maderas rodean una pantalla gigante donde “la pintura estalla en manchas”. A partir de una superficie totalmente blanca, van apareciendo manchas de pintura negra que se producen en simultáneo con ruidos de disparos y metrallas que provienen de diferentes ángulos de la habitación. Al ritmo de la violencia, la pintura se torna negra. Después se produce el movimiento inverso: desde lo negro, las manchas blancas van cubriendo la totalidad de la superficie de la pantalla. El proceso es un loop infinito y continuo que se construye a partir de fragmentos.

Tensión Admisible propone ir más allá de las formas narrativas convencionales de exponer la violencia. Si volvemos a las preguntas de arriba, la instalación parece construir un terreno único donde se combinan la forma y lo informe, donde el ruido ensordecedor no sólo representa la violencia, sino que se vuelve una manera de introducirla en la sala, de invadir el espacio sonoro, que traspasa el vallado, el límite, provocando curiosidad, rechazo, miedo y tensión. Tomados de bancos de sonido, los estallidos suenan con un un realismo alarmante, contrastan con las imágenes abstractas de las manchas, que nada explican, nada nos cuentan, no pretenden aleccionarnos, y, como si se fundieran para siempre en el agua, rompen nuevamente el continuo. Al irnos, observamos otra vez la impresión del agua que se fragmenta al intercalarse con las rejas, que se interpone a la vista, la misma que se perdió en el horizonte y en el agua unos minutos antes.

 

Graciela Sacco
Tensión Admisible

Monumento a las víctimas del terrorismo de estado – Parque de la Memoria

Av. Costanera Norte Rafael Obligado 6745, Buenos Aires, Argentina

Hasta el 20 de febrero de 2012
Lunes – Viernes, 10 – 17 hs.
Sábados – Domingos, 12 – 18 hs.

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Heridas en dirección al río: el Parque de la Memoria

La costa de Buenos Aires, visible desde algunos edificios altos y accesible en determinadas áreas puntuales, está aislada de la vida diaria de la mayor parte de los habitantes de la ciudad. La Avenida Rafael Obligado, también llamada Costanera Norte, sigue la dirección del Río de la Plata desde Ciudad Universitaria (perteneciente a la Universidad de Buenos Aires) hasta Retiro y favorece una circulación lineal en sentido Norte-Sur, pero es relativamente inaccesible desde Libertador y otras calles y avenidas paralelas, parcialmente separada por el Aeroparque porteño.

Más allá del extremo Norte de Costanera, un cerco separa la Ciudad Universitaria del terreno que limita directamente con el río. Es a partir de ahí que comienza el Parque de la Memoria, que se extiende en catorce hectáreas de esta zona despoblada y extraña.  Es acá donde la imagen de las olas suaves del líquido marrón del río al mezclarse con el horizonte azul está, para los argentinos, intrínsecamente relacionada con la dramática historia del terrorismo de estado, cuando los aviones militares sobrevolaban el área para sistemáticamente arrojar los cuerpos de los prisioneros al agua. Esto sucedió durante la última dictadura, que tuvo el poder desde 1976 hasta 1983.

El proyecto para la construcción del parque, que tiene ahora el estatuto de una institución nacional, comenzó con la aprobación de una ley en 1998. Tres años después, continuó con la inauguración de la Plaza de Acceso y de dos trabajos escultóricos: la Victoria modernista de William Tucker y el Monumento al Escape de Dennis Oppenheim, formado por tres casas torcidas y dadas vuelta. Por dentro, tienen la forma de las celdas de una cárcel.

La contribución de Roberto Aizenberg fue instalada en el 2003. Se trata de tres personajes gigantescos, cuyas formas simples y sólidas son sólo contornos, creando “un nexo que contiene un interior vacío, lleno de ausencia a través de la cual podemos ver lo que hay adelante y atrás”.

Pero fue el año pasado cuando se construyeron e inauguraron la mayor parte de los trabajos: las esculturas de Nicolás Guagnini, Marie Orensanz, Claudia Fontes, Grupo de Arte Callejero y la sala de exposiciones con el Monumento a las Víctimas del terrorismo de Estado, que se hunde en el terreno formando una herida profunda y lleva escritos los nombres de miles de desaparecidos.

La vista del río interminable provee, paradójicamente, un marco de contención para las esculturas, uno que las excede, dándoles una referencia histórica, urbana, por fuera de límites temporales, insistiendo en el paisaje con su silencio y sus sonidos acuáticos. Pasa a través de la obra de Marie Orensanz, Pensar es un hecho revolucionario. La frase está cortada en dos bloques gigantes de acero oxidado, evocando una imprenta antigua.

30.000, de Nicolás Guagnini, también deja por momentos que la vista del agua atraviese el retrato fragmentado de su padre, uno de los tantos desaparecidos, formado por veinte columnas blancas con el rostro pintado en negro. La imagen imita el estilo de “los retratos en blanco y negro, muchas veces fotos carnet reproducidos ad infinitum y cargados, pegoteados y publicados por familiares y militantes”, en el reclamo por la aparición con vida.

La artista Claudia Fontes se planteó reconstruir el posible retrato de Pablo Míguez, un adolescente de catorce años secuestrado y desaparecido en 1977. La figura distante está de pie sobre el agua, a unos setenta metros de la costa, brillando en colores espejados, reflejando, siempre imnóvil, los colores cambiantes de las corrientes acuáticas y los cambios de luz.

Una línea de cincuenta y tres carteles de señalización vial “forman un recorrido con hilo histórico a lo largo de la franja costera del parque.” El Grupo de Arte Callejero adaptó una serie de señales de tránsito para instruir sobre la situación política durante la última dictadura. Hace un uso irónico de las ideas de obligación y prohibición, de funcionalidad y certeza.

Torres de la Memoria, trabajo de Norberto Gómez, es la próxima escultura planeada para el parque. Estará emplazada diagonalmente sobre el techo exterior del salón de exhibiciones. Otras nueve obras de artistas argentinos e internacionales van a completar el proyecto. Y en marzo, Luis Camnitzer inaugurará la primera muestra de artes visuales.

Todas las citas, del catálogo


Parque de la Memoria
Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado
Av. Costanera Norte Rafael Obligado 6745
Abierto todos los días de 10 a 18 hs.