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Los árboles lo sabían

Un animal doméstico o domesticado, alejado de su hábitat natural, está integrado a las actividades y cultura humanas. La mula, híbrido entre caballo y burro, fue incorporada como animal de carga desde la antigüedad. Animal casi estéril, proliferó gracias a la acción del hombre, que supo apreciar sus “virtudes biológicas excepcionales (frugalidad, resistencia, longevidad, mansedumbre, inteligencia, etc)”. Así las enumera Adriana Bustos, que en su proyecto Antropología de la mula (2007) se plantea pensar la “mula” como “imagen dialéctica”, como imagen que se transfigura con el tiempo lineal objetivo y las circunstancias históricas, pero que persiste al considerar la “experiencia subjetiva de un tiempo cualitativo”.

Desde esta perspectiva, la mula ancestral se transformó en la mula humana, como se llama a la persona que transporta cantidades considerables de droga, y que se convierte así en el eslabón más vulnerable de la cadena del tráfico de estupefacientes. A partir de entrevistas con mujeres cumpliendo condenas en cárceles de Córdoba por haber sido sorprendidas en esta clase de contrabando, Bustos realizó una serie de telones pintados que representaban sus deseos incumplidos, lo que hubieran hecho con el dinero obtenido. Después fotografió a las narcomulas de espaldas a cámara con la pintura de fondo. Paralelamente, desarrolló otra serie de retratos con la misma pintura como telón de fondo, esta vez de mulas animales. La primera serie es en blanco y negro y la segunda, en color.

Pero, más allá de los detalles visuales, la investigación sobre los recorridos de las sustancias ilegales llevó a Bustos a descubrir que, desde Córdoba, las rutas de explotación y exportación de los metales preciosos que funcionaron desde el siglo XVI hasta el XVIII coinciden con las rutas de las mulas humanas de los siglos XX y XXI.

La mula es una imagen híbrida que se sitúa entre dos especies biológicas. Y geográficamente funciona como puente, otra vez una imagen de intermediación, que transporta productos de distintas culturas y regiones. En su camino se topará con distintos juicios de valor sobre el bien y el mal, sobre lo beneficioso y lo perjudicial, lo saludable y lo insalubre, etc. Se trata de nociones culturales y relativas, que van variando según los cambios históricos de las sociedades. La muestra Recursos en la galería Liprandi rastrea esa historia, compilada en bibliotecas reales y virtuales. Bustos encuentra similitudes, diferencias, conexiones que responden a lógicas misteriosas, absurdas quizás. Las plasma en telas blancas de pintor, un blanco oscuro y cremoso, donde pinta con grafito los documentos que supo rescatar de las páginas olvidadas de revistas y libros de botánica donde se mezclan avisos publicitarios, fotos, datos, anécdotas, pistas, casos como el de Herson, que transportaba droga, puesta por otra persona en su automóvil, sin saberlo. Surgen así índices de una relación, de múltiples relaciones, donde se combinan y confunden recursos naturales y humanos.

En Paisajes del Alma, la artista misma se sitúa en ese lugar de naturaleza ficticia que representa el museo de ciencias naturales. En el video de cuatro minutos y medio se puede ver la imagen de un diorama, de la puesta en escena de la naturaleza, mientras una voz va leyendo extractos de Was ich in Wald in Argentinien sah: (Ein Album) [Lo que vi en el bosque en Argentina: (un álbum], de la escritora alemana Sabine Küchler. “De pronto monitos tímidos se quedaron totalmente quietos, el jaguar alzó una garra para atacar mostrando su dentadura impresionante”, se oye. Al poco tiempo, Bustos misma aparece en la pantalla, su imagen mezclada con los animales embalsamados y las plantas artificiales. Poco después, un reflejo sobre el vidrio hace suavemente visible el entorno del edificio, su puerta de vidrio y madera, el ir y venir de las sombras de las personas. El transcurrir del tiempo entra en esa atmósfera de movimientos detenidos. Es como si el museo quisiera mostrar un fragmento congelado de jungla sin darse cuenta de que, en la naturaleza, el movimiento no siempre se puede ver, pero nunca se detiene. No por casualidad aclara Küchler que fue la fotógrafa que la acompañaba quien “consideró indispensable una visita al museo de ciencias naturales”.

En la habitación adyacente está colgado el Mapa del cultivos, iluminado sobre las paredes vestidas de negro. Una sombra cubre una porción del planisferio, que no es siempre la misma. Las luces y sombras, el bien y el mal, la razón y el absurdo se desplazan también hacia los distintos continentes.

A todo esto, Bustos agrega, de nuevo en grafito sobre tela, gráficos de la estructura química que componen las sustancias alucinógenas: mescalina, psilocibina, tetrahydrocannabinol y triptamina. En lenguaje científico, estas estructuras, en toda su abstracción, en su blanco y negro, parecen hablar un idioma objetivo, atemporal e inaccesible para el que no sabe cómo descifrar los códigos de la química. Dejan suponer que quizás funcionan como mapas. Pero, más allá de los razonamientos de la ciencia moderna y de las valoraciones culturales que puedan surgir, una voz llega desde la proyección de video y parece adivinar otras formas de conocimiento cuando afirma que “los árboles lo sabían”.

Adriana Bustos
Recursos

Ignacio Liprandi Arte Contemporáneo
Avenida de Mayo 1480 3ro Izquierda, Buenos Aires, Argentina

Hasta el 30 de enero de 2012
Lunes – viernes, 11 – 20 hs.
Sábados by appointment

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El hilo de la transformación

El ser humano se distingue de los demás animales por su capacidad de simbolizar, por la utilización de lenguajes abstractos que estructuran complejos procesos de comunicación. La interacción y convivencia con ciertos animales, sin embargo, demuestra que es posible una forma diferente de intercambio comunicativo. “Se trata de un afecto sin ambivalencia, de la simplicidad de una vida liberada de los casi insoportables conflictos de la cultura”, le escribía Sigmund Freud a Marie Bonaparte.

En su video Training, Claudia Fontes utiliza el lenguaje de las imágenes en movimiento, del video, para mostrar momentos del recorrido que realiza con su galgo en un parque suburbano de Brighton, al Sur de Londres, donde lo entrena. La cámara encuentra y sigue los pasos del animal. Con su lenguaje, nos dice quién mira a quién, quién sigue a quién, utiliza el raccord de miradas y nos muestra un espacio donde se puede distinguir el adelante del atrás. Hay un momento, sin embargo, donde, a diferencia del lenguaje cinematográfico convencional, la relación se transforma. Después de un plano en que los ojos del perro se fijan en el lente de la cámara, será él el que tome la iniciativa, el que guíe los pasos por los vericuetos del parque para terminar llevando la cámara sobre su propio cuerpo y registrar el “devenir animal” del aparato cinematográfico y de la artista, marcado por la mímesis entre el objeto y el sujeto de la mirada.

Es el devenir ligado al afecto y no a la racionalidad como en El deseo de ser piel roja de Franz Kafka, donde se borra toda distancia entre el caballo y el jinete. Lo mismo pasa en el abrazo del niño y el perro, que muestra una estatuita de porcelana que acompaña aTraining en un rincón de la habitación donde se proyecta. Ahí se confunden, otra vez, las animalidades y las culturas, la tridimensionalidad de la escultura resalta la materialidad de esa fantasía.

En otra habitación, sobre el piso y continuando sobre la pared, se extiende un mapa del recorrido del galgo, con hilos negros que continúan en líneas trazadas sobre la verticalidad del muro. Vertical y horizontal, animales y árboles ahora nos hacen percibir el recorrido como un pájaro que lo observa desde el cielo, como un animal que sólo puede distinguir contrastes, pero también como un ser humano que puede reconstruir un recorrido con su memoria y representarlo en un espacio y a una escala diferentes.

En todo caso,  si en Training se puede ver, de alguna manera, una comunicación que acerca al hombre y al animal, que crea un lenguaje compartido, estas curvas y trazos parecen, a primera vista, mostrar rasgos de una animalidad más pura, de un movimiento extraño, aparentemente determinado por un sentido fuerte del olfato. Sin embargo, si encontráramos la lógica de las curvas y vaivenes, cuestionarían nuestras convenciones más inamovibles y matemáticas sobre ubicaciones, localizaciones, formas y estrategias de alcanzar un espacio.

Las estructuras espaciales arquitectónicas de líneas rectas aparecen en la instalación escultórica Montaña, en el centro de la muestra, donde mil cuatrocientas varillas de madera de pino se entrelazan para formar una estructura racional, pero desprovista de todo sentido, excepto para sostener una frase, escrita con las mismas líneas de madera: “El momento del derrumbe revela puntos clave de su construcción”, dice. Dos proyectores iluminan desde abajo con su luz circular las complejas estructuras de varillas que, apoyadas otra vez, sobre el suelo, se transmutan en la imagen de sus propias sombras, formando una red de líneas, ahora bidimensionales, en la pared del fondo, que remiten al vertiginoso recorrido de la montaña rusa, pero también recuerdan el Monumento a la Tercera Internacional de Vladimir Tatlin. La frase indica que no existe contradicción entre la construcción y la destrucción del objeto, ya que la resolución del misterio implica su colapso o su transformación.

Todo lo que vemos en El sonido del árbol caído está construido para transformarse, desplazarse, ir mutando el sentido y la lógica de las cosas, aún de las que de las que tienen raíces ancestrales por debajo de la tierra y pertenecen a la naturaleza más antigua. Su origen, su imagen, su longevidad, lejos de afianzar certezas, se vuelven el objeto de miradas diversas y misteriosas.

Claudia Fontes
El sonido del árbol caído

Ignacio Liprandi Arte Contemporáneo
Avenida de Mayo 1480 3ro. Izquierda, Buenos Aires, Argentina

Lunes – Viernes, 11 – 20 hs.
Sábados by appointment (info@ignacioliprandi.com)