Abismos de pasión e ironía con Celina González Sueyro

Un paisaje romántico y melancólico, ampliado hasta la deformación y llevado hasta la ironía domina desde el fondo de la sala la instalación de Celina González Sueyro. Las imágenes y objetos se combinan para generar momentos de reflexión y exceso, donde la belleza y las paredes blancas muestran su disfraz, seduciendo al espectador hacia un espacio y un tiempo de deseo, delimitado, pero abismal.

Es ahí donde se encuentran los distintos elementos, casualmente reunidos como en una mesa de disección surrealista para explorar el mundo secreto de las fantasías del deseo femenino, intocable, pero también imposible de evitar, como algunos pájaros que cruzan el cielo. Hay objetos paradójicos como un colchón con espinas, bailarines colgantes de papel que no se pueden mover, parejas de imanes, motores que giran sin sentido aparente e incluso sonidos y animales salvajes. Es en la convivencia, donde se produce el hecho artístico, afirma Celina.

Gabriela Schevach: ¿Hacemos un paseo por la muestra?

Celina González Sueyro: Empieza acá (señala el armario). Yo pensaba el placard como si fuera un espacio virtual. Me interesa que se pueda caminar, pasar, entrar a este espacio, que es el lugar del deseo de las mujeres. Que sea el placard de las rubias, de tetas grandes, a la vez un poco adolescente, medio brujeril. Acá, como una Ofelia, pero, en vez de en el agua, en el barro, al mismo tiempo tampoco tanto, fumándose un pucho o, más acá, como una imagen religiosa.

G.S.: O como un dedo también.

C.G.S.: Sí, no sé muy bien qué sería… Un poquito fálico también. ¿Qué sería “fálico” exactamente?

G.S.: Tal vez representa la autoridad masculina, de alguna forma.

C.G.S.: Éstos son zorritos de Navarro, dos compañeritos de aventuras… cositas…

G.S.: ¡Pero están muertos!

C.G.S.: Bueno, pero están vivos igual. Yo siento que están vivos, eso me pasa un poco, a nivel sensorial. Hay una cosa diferente entre una pluma de nylon y una verdadera. Tiene una cosa energética, me da la sensación, le traspasás algo al material.

C.G.S.: En cambio (señalando al guante y el trapo), ésta es la laburanta.

G.S.: Es difícil encontrar un rastro del acto de limpieza. Las cosas suelen estar limpias o sucias, pero no se muestra el backstage. El trapo sucio tiene que desaparecer.

C.G.S.: Es como el último acto, casi. Acá se hizo una mancha con la lluvia. Entonces me pregunté: ¿la borro o la dejo? Es dejar como un gesto, una huella, un rastro, como que hay momentos más delicados, más sensibles y otros más rough, ¡tuc! No es que rompe con la belleza, pero te muestra otra cosa.

Otro tema… Colchoncito: un cojín un poco más pequeño, digamos, combinando las espinas y el colchón. Y también la espina y la rama.

Y acá, por arriba, me gusta la imagen de un catálogo de Helmut Newton, que en la original, ella, la personaje, está partiendo un pollo con joyas, divina. Me gustaba evidenciar el anverso y el reverso, un poco como pseudo en bruto –porque está recortada -, pero sin mucho “toqueteo” de mi parte. Aparece acá la referencia a otro tipo de mujer, de otra época, algo más glamouroso. Después, esta cosa como de aguantar.

G.S.: ¿De fuerza?

C.G.S.: Sí.

G.S.: Pero colgando de estas medias tan frágiles, tan finitas.

C.G.S.: Sí. La gigantografía del fondo es una fotocopia que de una reproducción de un libro de recortes inglés, que a su vez reproducía un paisaje en un grabado antiguo, como de 1914. Es una hoja A4 llevada a esto, aproximadamente 4,40 metros de alto, por 7 o 6,80 metros de ancho. ¡Yo amo el xerox! Lo mandé a hacer en Berlín, en un lugar típico de Alemania del Este. Es papel, pero muy grueso.

C.G.S.: Otro elemento: las sogas de papel.

Para mí, Daisy tiene algo del naufragio de amor. Tiene el “me quiere, no me quiere…” , desolée, ese desolado romántico, medio abismal, sensorial, frágil. Me gusta la idea de directo o más bien primario.

G.S.: Tiene también momentos de exceso muy contenidos en el espacio y en el tiempo. Momentos de mucha intensidad, concentrados.

C.G.S.: Eso es un poco nuevo, que hay como situaciones. Los lugares donde más trabajé antes eran más bien espacios en sí mismos. Por ejemplo: una ex fábrica de la moneda, donde dialogás con una historia y un contexto de algún modo. Acá es más neutro el espacio o, al menos, este recorte que se armó. Por eso me pareció interesante generar esta pared blanca.

G.S.: ¿Vos hacés fotos también o son siempre recortes?

C.G.S.: Trabajo con recortes -me gusta mucho la revista Vogue, por ejemplo. Son siempre reproducciones de lugares como muy disímiles, eso me gusta también, que conviva, esa sensación de que siento que cada cosa tiene su tiempo de algún modo. Y mi tiempo con cada objeto, que va cambiando. No sé si hoy podría recortar eso o si tendría ganas de hacerlo, pero hay un estado en que sí me meto, me concentro, trabajo con preciosismo en algo como muy sencillo, como del bordado, mínima.

Hay una cierta violencia con el material. Me gusta modificarlo de algún modo, ejercerle alguna situación para que cambie, con navajitas, tijeras. Lo que más uso es la tijera. Necesito traerlo al espacio y el recorte te da la posibilidad de hacerlo volumen, tridimensionarlo, casi.

Esto es como una diosa hindú, una Shiva, como una anunciación recortada. Esto es de algún lugar divino en Alemania (señala un ramo de flores de papel), que te dan esos folletitos preciosos, de una muestra de ilustraciones enciclopedistas alemanas o inglesas con mucha flora y mucha fauna. ¡Qué flora! Y también la borla, lo peludo, la mecha…

G.S.: El pelo es también un elemento que se desmesura y se controla.

C.G.S.: El pelo es algo autónomo casi. De algún modo, elijo materiales con los que me gusta relacionarme. Me gusta el material pelo, piel, cuero, algún terciopelo, alguna madera, polvo.

G.S.: ¿Por qué siempre trabajás con estas cosas que tienen que ver con el surrealismo, con los pájaros, las ramas? Te hablo de las cosas más obvias que uno nota a simple vista.

C.G.S.: Me gusta viajar a principio de siglo, al dadaísmo, esa vibración europea, pobre, loca. Pienso también en artistas como Rebecca Horn, que me impactó mucho, Eva Hesse, Kiki Smith, como una libertad con respecto a la búsqueda de imágenes donde hay una cosa ecléctica o simultánea. En general, situaciones que permiten detener esa corriente, donde hay ciertas cosas dando vueltas, pero llega un momento donde se junta: esto con esto y se produce, para mí, un hecho artístico. Yo digo, estas cosas se pertencen a sí mismas, nacieron para estar juntas. ¡Cómo se encontraron acá!

G.S.: Entonces vas generando esos encuentros casuales.

C.G.S.: El trabajo consiste en hacer una suerte de recolección, de la información, que es, en realidad, vivir, hay algo de cocina casi.

Esta muestra me dio la posibilidad de exhibir trabajos de años muy distintos y emplazarlos en el espacio, que es la característica crucial. Si no, se transforma en otra cosa o deja de existir.

G.S.: Esto existe cuando está montado de esta forma.

C.G.S.: Si no, se transforma en una cuestión más performática, donde quizás viene alguien y yo tengo una caja y me encanta sacarla y hacer el ruido con las sogas de papel, pero es como una experiencia muy personal, no tiene el aspecto más distante de la exhibición, donde podés contemplar.

Esto es un fragmento de una cama de una tía abuela. Acá hay imanes e hilos (señala objetos colgantes). El tema del imán me gusta, me interesa esa atracción del magnetismo. Los dos polos.

G.S.: Es muy binario (risas), como una cosa que uno conoce muy bien.

C.G.S.: Sí, después, vos podés complejizar.

Éstos son unos aretes (señalando los objetos sobre un taburetito redondo), como una pequeña joya, pero trastocada, yo me imaginaba un pedazo de piel, restos.

G.S.: ¿Restos de qué?

C.G.S.: ¡De esto! Un poco como el pájaro que ahí está. Pobre pájaro.

G.S.: Ése no es verdadero.

C.G.S.: Sí, es, te juro. Yo, igual, le puse un copetito colorado para levantarlo un poco. Es divino.

G.S.: ¿Te gustaría hacer una instalación en un museo de ciencias naturales?

C.G.S.: La verdad que me encantaría. Puede ser una manera de mostrar también el museo mismo, de poner el animal ahí con un cartelito.

G.S.: Con respecto a los collages, lo que más me llama la atención en este contexto es la bidimensionalidad. ¿Pondrías algo de esto en el placard o son así de forma definitiva?

C.G.S.: No son, están así, enmarcados. Algunos tienen más potencial narrativo. Me imagino unas bailarinitas que les falte una manito, algunas no tan perfectas, como flotando.

G.S.: ¿El ojo cumple algún rol específico para vos?

C.G.S.: Sí, hay un “a través de”. Me gusta jugar con las capas, las transparencias, la transición, el traslado. Esto también es un poco eso. En general, están distintas de lo que eran originariamente, tienen una capa encima en algunos sectores. Con respecto a la mirada, el ojo es un elemento difícil también, que tampoco quiero utilizarlo en exceso porque se vuelve demasiado gráfico. El ejercicio es mantener la cuestión matérica y tener lo gráfico como recurso. Por eso, por ejemplo, la mano (de la foto de Helmut Newton) que cuelga tuve que darla vuelta. Si no, era demasiado gráfico, un poco comic. Esto es para mí un humor diferente, como severo.

G.S.: ¿Severo en el sentido de que no es tan pop?

C.G.S.: Sí, de que está bastante seleccionado, de algún modo. Tiene una cierta rigidez, a pesar de que intenta no tenerla.

G.S.: Como esos chistes antiguos, ¿no?, que se entienden, pero suenan raros, lejanos también.

C.G.S.: La colita que gira (pegada al motor) salvó todo. Y éstos son unos bailarines. Me encanta la danza, el baile. ¿Escuchaste el ruido de la cortina? Es como si fuera el mar, son mis orígenes marplatenses.

Daisy
de Celina Gonzalez Sueyro
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Cabrera 5849
Hasta el 27 de abril
Cierre con drinks y performance a las 19.00 hs.

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